Entra ella con un vestido de seda, es un vestido rojo profundo, rojo como la sangre. La habitación está completamente desierta, cuatro paredes de color ocre que se encienden y se apagan a la luz de la chimenea. Es una pequeña llama que crepita en una esquina, al lado de la cual se encuentra el único sillón de la casa. Es un lugar extraño, sobre todo porque no hay nadie y la chimenea está encendida. Ella entra pero siempre con su brazo en la pierna derecha de donde se muestran unas medias de seda negra hasta medio muslo a través de un largo escote que sube hasta unos centímetros bajo la cadera. Los tacones no hacen ruido en la alfombrada habitación. De pronto sabe que dentro está un hombre un rayo de luz alumbra el lugar donde la sombra misteriosa ha aparecido. Sostiene con fuerza la pierna y cuando el hombre la toma por el cuello a sus espaldas, ella lanza su codo con tal fuerza que retira al misterioso hacia la puerta, al mismo tiempo que coge el arma de su entrepierna y apunta con desvelo al misterioso pero fuerte hombre.
El pasa-montaña cubre su rostro pero al acercarse más deja un permanente olor a vino tinto y roble. Ella baja el arma, pues sabe de quien se trata. Él se quita el pasamontañas.
Ella se llevanta.
- Jean Carlos
- Cristal.
- Eres un idiota al ponerme este tipo de trampas. dice ella muy molesta.
- Pensé que querrías diversión cómo en los viejos tiempos.
- Cuida tus deseos porque no son los mismos que los míos.
- Te me has negado tantas veces que no recuerdo el día, la última vez que te fuiste de mis manos.
- Jean Carlos por favor...
- Mira Cristal, él no volverá, no lo hará jamás y aunque lo hiciera ¿qué te hace pensar que regresará contigo?
-Olvidemos esta conversación y permite que me retire.
- No!. Yo se que no deseas irte.
Él lanza una sonrisa que deja ver su delicada dentadura de marfil. Sus ojos brillan y Cristal deja ver una pálida mirada. Suda.
- Es verdad. Pero en mi favor debo decir que me esperan en el auto. Si no regreso en exactamente 30 segundos saldrán a buscarme.
-Ya he arreglado todo. El chofer se ha ido. Vuelve a sonreír. - Ahora todo el mundo es sobornable.
Una mano rápidamente jala el gatillo.
La bala sale rauda hacia el suelo y rebota en la placa de acero de un retrato que ha caído al suelo, se eleva y apenas se mantiene en el aire toca el cielo raso y sale disparada.
- Déjame ir o la próxima bala que dispare irá a tu cerebro.
Jean Carlos muestra una sonrisa sarcástica.
- Princesa deja esos juguetes de hombres. Aquí está tu muñeco... nena.
- Estoy grande para jugar.
Otro disparo cae directamente en la pierna. Él se dobla y las lágrimas salen flotando en la penumbra de la ahora casi inexistente luz de la chimenea.
Se escuchan unos pasos en la puerta y finalmente se ve una cabellera castaña desaparecer con la brisa que se acolado ligeramente.
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