Soy una especie de vegetal, pegada a una pantalla, intentando no pensar. La única forma de parchar las heridas es escribirle. Ya no existe si no en mi pasado.
Dos ombligos nadando entre piel. La mirada eclipsada por las pupilas, sus pupilas, llenas de luz. Porque el silencio acompaña cada vaivén con que enamora la destreza de su ser. Amante, no hablo de sexualidad, a la que está tan acostumbrado. Es que mientras usted reía en nuestro último encuentro, la luz a mi iris sellaba y agua fluía sin dolor o tristeza pero en agonía evidente. Aún no decido si arrepentirme de usted y es que aún me sobra cariño para mí y lo que realmente yo anhelaba se fue. Bendito capricho de niña buena.
Benditos labios que me enseñaron a besar, a amar sin medida hasta perderme y olvidar mis heridas. Podría haber sido su siamesa, atarme a las agujetas de sus botas para seguir sus pisadas, podría haberle obsequiado la vista y andar a ciegas de su voz, si es que me negase la mirada. Bendito capricho de escarpines y lazos de tul. Sólo un juguete fui en sus manos y aún así vivía como infante enamorado. Maná bendito que era su risa mi alegría y aun con dudas la locura me servía para pintar los paisajes.
Bendito olvido que me permite recordarle, aunque ya no pueda siquiera soñar con besarle y aunque haya tardes en que me encierre a odiarle. Le quiero. Hasta que la rabia y el amor se encuentren soy un vegetal permanente intentando fugarme de usted. A obscuras entre letras que le hubiesen gustado si me amara... Pero quizá deba dedicarme letras y cartas es sólo que es usted aún es lo más bello que puedo escribir.
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