La noche de aquel Diciembre,
cuando te miré a los ojos y te dije que te amaba, cuando compartí aquella noche
a tu lado, lejos de casa… al final del sendero el lago brillaba, quieto y pacífico,
arrullado por la suave brisa, cada gota de brizna que había caído en la tarde
perlaba el suelo y la dueña de la noche se alzaba imponente en el cielo, los
hilos de plata apenas iluminaban tu rostro, pero tu mirada en medio de aquel
frío intenso se encendía cuando nos mirábamos.
Me besaste… adore que lo hicieras
con esa ternura que muy pocas veces rompía tu frialdad. Eras tan diferente, me
mirabas como si no pudieras dejarme, pero me tratabas como si en cualquier
momento todo pudiera acabar. Fue un pecado enamorarme de ti.
Enrollaste tu mano en mi muñeca,
delgada y fría, la besaste. Prometimos no llorar, dijiste.
Sabía que al día siguiente te
marcharías, habrías sido mi aventura pero la realidad se postergo demasiado haciéndome
soñar, habrías sido mi futuro pero la realidad se adelantó y me cohibió de
soñar.
No pronuncie palabra alguna, solo
te besé. Te besé como si por un instante se acabara el mundo. En aquel momento
cayeron mis lágrimas y agradecí al cielo que lloviera muy fuerte para que no lo
notases, no tenía sentido las palabras que pudiera pronunciar, sentada al borde
del miedo porque no podía hallarme en otro lugar.
Entramos en la cabaña, dejando el
bello paisaje para el marco de la ventana. Encendimos mucho más que la
chimenea, tu mirada y la mía. Servías vino y mientras lo hacías me miraste,
entonces el vino se derramo y su olor inundó la habitación.
Esa noche estaba la cena
preparada, hubiera hecho la cena yo misma, pero tú encantador como siempre,
decidiste complacerme, como si después de tanto tiempo aquello compensara
nuestra despedida. Acaricie tu cabello al primer brindis, lo acariciaría hoy
aún.
Después de dejarlo todo sucio,
hasta el aire… decidí limpiarlo con un jazz, me tomaste de la cintura, me
acerque a tu pecho y el olor inundó mis células y ahora que lo recuerdo empiezo
a querer llorar, porque aun no comprendo cómo se puede amar a alguien que
simplemente ya no está, no creo que ame a nadie como lo hice aquella noche
cuando te miré y baje la vista porque no podía hacer más.
No decías nada y solo bebí otro
sorbo de vino como para olvidar, deslizaste tu mano hasta mi cuello, topabas el
cierre con los dedos, lo deslizabas suavemente y te comencé a amar más. Te amé
así mojado, con el hablar frío con el cuerpo presente y con la mirada
deseándome, te amé y te volvería amar, de ti no tengo miedo, solo la vida a
veces juega sus trucos y ahora ya no es ese mi
lugar
Aquella noche, posaste tus dedos
al final de mi rostro, sonreímos, aunque sabíamos que esa noche todo acabaría,
más enamorada que nunca, pero también era consciente que la vida simplemente a
veces acaba con todo, cuando ni siquiera te das cuenta. Después de nueve meses juntos
te marchaste aquella noche. Basto una canción y el sueño de las dos de la
mañana para despertar sola en mi cabaña, sabría que jamás te volvería a hallar.
Sabía que jamás te buscaría pero no imaginaba lo que dolería. Duele hoy luego que
de haberte conocido muchas lunas atrás, te esfumas de mi pensamiento y hoy has
decidido regresar, en aquel diciembre que nos acabó nos enamoró y nos empapó de
la realidad. En este mismo diciembre que me encuentro atascada entre tu sombra
fría que abrigaba mi alma, lo que nadie entendería porque el difícil de este
amar.
Hoy te encontré más frío y distante aunque aún beses igual solo me has regalado el valor para esta soledad, para continuar y espero pensando que maravilloso hubiera sido aquel día a tu lado despertar, pero es como si hubieras muerto, aquel hombre que amaba ya no está... Un día mi corazón amará con intensidad algún olor especial, una luz en el mirar, un nuevo camino a la realidad. Mientras tanto te dejo estas rosas en tu sepulcro como aquella noche de diciembre las recorriste en lo más profundo de mi ser...
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